Sueño

borrosoTe veo llegar, me miras con cara cómplice y entiendo que ya pasó algo entre nosotros, ya nos besamos por primera vez y estamos en esa etapa en la que intentamos encontrarnos a solas para repetirlo. Trato de separarme del grupo, voy a la cocina, al baño, a cualquier lugar donde me puedas encontrar, pero no lo logro, alguna amiga me persigue, alguien aparece y mi plan se va a la mierda. Nos sentamos, yo a un lado de la mesa y tu desde el otro me miras como diciendo, tranquila será mañana, pero no sabes que esto es un sueño, que el tiempo se nos acaba y que si no nos besamos pronto, voy a despertar. Te ríes con tus amigos, coqueteas con otras, yo hago lo mismo. Bailamos todos, reímos y no dejo de buscarte, persigo tu olor y disimuladamente toco tu hombro, tu espalda, me tomas por la cintura haciendo chistes y siento que voy a morir. Baja la luz, te acercas a decirme algo al oído pero me besas el cuello sin que los demás se den cuenta. Necesito salir de ahí, sé que nos queda poco tiempo, ya escucho ruidos extraños, seguramente alguien encendió la ducha o está pasando el camión que limpia la calle. Seguimos bebiendo, de un minuto a otro todos están borrachos, tomo tu mano, te sujetas firme y caminamos rápido hacia la calle, busco un lugar oscuro, nos quedamos de pie, me quitas el pelo de la cara, no puedo verte. Siempre que llegamos a este punto del sueño tu cara no está, las imágenes se vuelven borrosas y sólo retengo el frío de mis pies, el calor de tus manos, la respiración, el silencio y la boca seca, sé que nos vamos a besar. Soy capaz de sentir el gusto de tu boca, tus labios gruesos, lo fuerte que me sujetas y como tiritamos, pero no veo tu cara, no veo nuestra ropa, ni sé de qué estamos rodeados. Te ríes, me besas la frente y entiendo que voy a despertar.

Lapatapelá

Offside

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El cementerio de grupos de Whatsapp deambula en mi lista de contactos y me deprime. Los grupos son el testimonio de que mi vida social fue un día interesante y me duele el alma borrar a “paseo a la playa”, “fiesta sorpresa” o “miércoles con vino”.

Tengo la leve sospecha de que algunos de esos grupos perdieron su frecuencia de comentarios atacados por el peor de los males de la aplicación, los subgrupos. Ese grupito mal intencionado que nace de otro grupo pero del cual excluimos a uno. Excluimos a la gorda depresiva del colegio, al jefe, incluso hermanos se excluyen entre ellos. En el grupo antiguo se seguirá hablando de cualquier cosa pero lo verdaderamente importante, el chisme duro, habrá pasado al nuevo grupo.

Los observo en mi lista de chat, ni siquiera me atrevo a revisarlos porque seguramente ya todos lo abandonaron. Mientras, me aferro a las fotos archivadas y fantaseo con que algún un día alguien ponga un emoticón de resurrección.

Atte: Lapatapelá

Cara de Idiota

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Me vine a trabajar a un café que frecuento varias veces a la semana, el cual es la oficina encubierta de la mitad de Barcelona; muchas personas, muchos cafés, muchos computadores, pero muy pocos enchufes.

Como ya soy casera del lugar sé que hay que llegar temprano, si llegas después de las 10:30 olvidate de conseguir un puesto con enchufe. Como mi computador decidió rendirse luego de viajar por toda Sudamérica, descubriendo nuevos voltios y hertz, tiene que permanecer enchufado o de lo contrario pasa del 100 porciento de batería al 20 en quince minutos y luego simplemente fallece.

El asunto es que cada vez que estoy instalada, en mi mesa de trabajo, la cual trato de convertir en escritorio de oficina, sólo me falta un marco de foto. Justo cuando estoy en mi momento de inspiración, alguien se pone de pie, mira para todos lados y me ve a mi con mi cara de hueona y sonríe. A ésta se lo pido, piensa, ésta tiene cara de trabajar en amnistía internacional, ésta de pelo desordenado y ropa de tonos pasteles no se va a negar. Yo miro fijamente la pantalla e incluso trato de poner cara de mala, con el ceño fruncido y la boca apretada, pero nada funciona.

La cara de “buena onda” no me la saca nadie y así cómo cada día me piden si les puedo sacar una foto caminando por cualquier calle de la ciudad, o si puedo prestarles el celular para llamar a alguien urgente, o si tengo un euro para el metro. Termino cediendo mi toma de energía hasta que mi computador fallece y con la misma cara de idiota tengo que volver a pedir algo que siempre fue mio.

Atte: Lapatapelá

Mentiras extrañas

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Mi familia siempre pareció extranjera, tenemos apellidos raros, nombres sacados de libros y mi padre acarrea una pinta de gringo, que sería uno más pescando con mosca en los ríos de Arkansas.

A los ocho años, una compañera de curso me invitó a su casa, nos sentamos a hacer las tareas y cuando su madre vio mi nombre escrito en un cuaderno me preguntó, —¿De dónde es tu familia?, —somos rusos —contesté. Era lo que siempre había escuchado, —¿Y tu hablas ruso? —preguntó, —sí —respondí. Mi amiga gritó, ¡dí algo en ruso! ¡di algo por favor!, traté de salir del aprieto diciendo que me daba vergüenza y que sólo lo hablábamos en casa y su madre incluso la regaño por ser tan insistente. Cuando salimos al jardín a jugar volvió a insistir “dime hola y no te molesto más”, entonces la miré a los ojos y dije “RACA”, me quedó mirando incrédula y nos fuimos a andar en bicicleta.

Quizás yo de verdad creía que por tener nombre ruso hablaba ruso. Tal vez ella cuenta hasta el día de hoy que hola en ruso de dice RACA.

Atte: Lapatapelá

Finalmente habíamos ganado

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Era el último día de clases y las monjas habían organizado un desayuno con los profesores como una forma de despedirnos de ellos, ya que luego en el día de la graduación cada una estaría con su familia y olvidaría abrazar a los pocos que dejaron una marca en la etapa escolar. El desayuno transcurrió como se suponía, cargado de discursos, llantos, frases clichés y lugares comunes que dan nauseas. Cuando terminamos todas nos dispusimos a irnos a nuestras casas ya que no había nada más que hacer, no había clases preparadas, ni cuadernos, ni lápices. Pero las monjas tenían otro plan y utilizando su razonamiento de la Edad Media, su incapacidad de cambiar las cosas, de improvisar, de ajustarse a la actualidad y a los hechos, nos prohibieron abandonar el establecimiento hasta las cuatro de la tarde. La razón fue que estaba estipulado en el calendario que ese día debíamos asistir a la jornada completa por lo que se “improvisarían” clases.

Era el último de catorce años de represión, el último de tener que verles las caras, el último de tener que vestir ese uniforme horrible, el último de no poder usar accesorios, el último de tener que seguir un timbre que marca tu día, el último de tener que intentar entender cosas que no te interesan, de aprender cosas que vas a olvidar, el último de no tener una opinión que valga, el último de no poder tomar ninguna decisión y el último de no ser escuchadas. Read More

Treinta años

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Gracias a la genética aún aparento veinticinco años lo cual refuerza mi negación a crecer y pienso que por ahora estoy salvada. El miedo no es a cumplir años, eso no se puede evitar y sería absurdo temerle, el miedo es a lo que socialmente representan esos años.

No me visto como una mujer de treinta años, no voy a la peluquería ni tengo cremas para una mujer de treinta años. No hago terapia y nunca he comprado algo en un sex shop como una mujer de treinta años. No dejé las frituras y la cerveza como una mujer de treinta años. No sé conducir como una mujer de treinta años. No escuchó música de mujer de treinta años. No tengo seguros, ni tarjeta de crédito como una mujer de treinta años. No tengo zapatos de mujer de treinta años. No hablo por celular como una mujer de treinta años. No sé reír como una mujer de treinta años. Ni siquiera tengo una camisa de dormir de mujer de treinta años. No sé desconfiar de las personas como una mujer de treinta años. No sé controlar el llanto como una mujer de treinta años. No sé discutir como una mujer de treinta años. No sé ni cómo llegué a los treinta años.

Viaje en Conserva

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Poco a poco los maceteros improvisados fueron escondiendo el blanco de la fachada de la casa como una enredadera que va creciendo por las paredes, sujetándose firme al adobe, con esas patitas que tienen las plantas trepadoras que uno no sabe si son tiernas o satánicas. Latas de Nescafé, de leche Nido, de atún, de Milo y de pintura, todas servían, todas eran ahora pequeños ecosistemas donde habitaban gusanos, chanchitos de tierra y un Cardenal rojo, blanco o rosado.

Frente a la casa un árbol de damascos, en el pórtico una mecedora de mimbre y dentro dominaba la sencillez, un sillón que alguna vez fue amarillo, el comedor de madera negra regalo de bodas de sus padres con el mantelito de crochet en el centro para apoyar la cerámica de la virgen de los rayos. En la habitación la cama matrimonial de colcha blanca y una cruz de madera en la pared rodeada de pequeños orificios, como si hubiese vuelto a colgarla varias veces disgustada con Dios, o le hubiese costado decidirse por el lugar preciso. En la cocina la olla con mermelada de damasco hirviendo inundando la casa de olor a cielo, a dulce, a fruta y caramelo.

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