Viaje en Conserva

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Poco a poco los maceteros improvisados fueron escondiendo el blanco de la fachada de la casa como una enredadera que va creciendo por las paredes, sujetándose firme al adobe, con esas patitas que tienen las plantas trepadoras que uno no sabe si son tiernas o satánicas. Latas de Nescafé, de leche Nido, de atún, de Milo y de pintura, todas servían, todas eran ahora pequeños ecosistemas donde habitaban gusanos, chanchitos de tierra y un Cardenal rojo, blanco o rosado.

Frente a la casa un árbol de damascos, en el pórtico una mecedora de mimbre y dentro dominaba la sencillez, un sillón que alguna vez fue amarillo, el comedor de madera negra regalo de bodas de sus padres con el mantelito de crochet en el centro para apoyar la cerámica de la virgen de los rayos. En la habitación la cama matrimonial de colcha blanca y una cruz de madera en la pared rodeada de pequeños orificios, como si hubiese vuelto a colgarla varias veces disgustada con Dios, o le hubiese costado decidirse por el lugar preciso. En la cocina la olla con mermelada de damasco hirviendo inundando la casa de olor a cielo, a dulce, a fruta y caramelo.

Apagó el fuego, miro el reloj que daba la hora con una gallina y los minutos con un grupo de pollitos que la seguían. Fue a la habitación, se tomó el cabello gris con tres horquillas negras, se puso las perlas, el velo negro, apretó sus mejillas para darles color y salió de casa a paso japonés. Por el camino compró margaritas y caminó recto hacia la calle de tierra que terminaba en la entrada de la iglesia. Justo detrás estaba el puñado de tumbas que intentaban ser un cementerio formal con sus lapidas de piedra cubiertas de maleza y musgo. Sabía la historia de los difuntos; Clodomiro Reyes había muerto de borracho, al Curita Jacinto lo mató una pelionefritis, a Clementina Dominguez la atropelló un tractor, los demás habían muerto de viejos o se les paró la cuchara sin avisar.

Una vez en la tumba botó las flores secas y el agua vieja que olía a desagüe, colocó agua limpia, sacó de su cartera un frasquito con cloro y le puso unas gotas, su madre le había enseñado ese truco que ayudaba a que el agua y las flores duraran unos días más de lo normal. Puso las margaritas en su lugar y sacudió la lápida con ambas manos, se persignó, rezó un misterio del rosario y se marchó.

El próximo martes no podría venir, tenía que ir a la ciudad para ver al medico, vendría el miércoles pensó, “haré como si fuese martes, como si nada hubiese cambiado”, se dijo en silencio.

Entró a casa, se soltó el cabello, guardó las perlas, colgó el velo y fue a la cocina. Tocó la olla, aún estaba tibia, miró el reloj, los pollitos casi alcanzaban a la gallina, cerró las cortinas, puso llave en la puerta principal y regresó. Abrió el cajón tomó una cuchara y la metió en la olla, sacó un poco de mermelada, la miro por unos minutos, cerró los ojos y se la metió a la boca. Viajó a su juventud, la piel suave, el pelo largo trenzado, el olor a pasto mojado, el sol pegándole en la cara, correr con los pies llenos de tierra, gritar, reír afirmándose el estómago, llorar hasta quedar sin aire. Sacó otra cucharada, cerró los ojos y se la metió nuevamente a la boca, sintió ese primer beso, los labios tibios, la boca seca, el mentón impreciso, la lengua tímida y el cuello tieso. Abrió los ojos, lavó la cuchara, la guardó en el cajón y comenzó a buscar frascos vacíos en los estantes, los sumergió en una cacerola con agua hirviendo para evitar que se formasen hongos, esperó a que se enfriaran y los rellenó con mermelada. Diez frascos, diez viajes en conserva que guardó bajo su cama.

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